DEMONIOS

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Volver a donde empezaste y darte cuenta de que nunca te has movido de allí. Que sólo has estado caminando en círculos y ni siquiera has cambiado de manzana, de calle o de acera. Esa sensación de estar encerrada en ti misma, sin posibilidad de escapar (que sobre todo padecemos los domingos tras una fiesta que se nos va de las manos) no cambia con el paso del tiempo.

El otro día me devolvieron tu libro.

Se lo había dejado a Clara al poco de conocerla, vete tú a saber porqué. Estaríamos hablando de la vida, de poesía, de pozos con fondo… no lo sé. El caso es que revolviendo entre sus cosas por la mudanza, apareció y se acordó de que era mío.

Desde que me lo dio ha estado rondando por casa mientras yo lo miraba de reojillo, con idea de abrirlo en algún momento. De la estantería de la entrada al bolso y del bolso a la encimera, pasando por el mueble de la tele, la cama y finalmente mis manos.

Fue justo en ese instante de ese día de bochorno externo e interno cuando me encontré frente a frente de nuevo con tus demonios. Abrí el libro y aparecieron de sopetón entre las letras. Los mismos que estaban al otro lado de tu cama, hace años, y que por aquel entonces yo veía pequeñitos y juguetones, incitándome a caer en tentaciones con forma de fiestas, ambición, desenfreno y alcohol, que iban dejando estratégicamente repartidas por mi vida.

Los años fueron pasando, y cuanto más picaba en estos anzuelos degustando su cebo, más crecían los demonios y más engordaba mi ego pro moderno. Pero mi ego se iba desinflando con cada tropiezo, con cada resaca maligna, y ellos, mientras tanto, aprovechaban para convertirse en monstruos enormes que finalmente me terminaron devorando. Me rebañaron sin escrúpulos, dejando un esqueleto tembloroso que a penas añoraba ser un cuerpo completo.

Recuerdo que me lo intentaste avisar, que me diste tus otros demonios mientras me apartabas el pelo de la cara y observabas con condescendencia y una sonrisa de medio “lao” mis ansias de comerme el mundo bañadas en alcohol. Yo me encontraba en ese estado de mareo resacoso, embriagada por la adrenalina de quien no ha dormido haciendo algo fuera de lugar por primera vez. Esa excitación que sólo dan las acciones turbias protegidas por la nocturnidad de la capital, que al día siguiente se transforman en ampollas rellenas de malestar, que no te puedes explotar por mucho que las aplastes. Permanecen contigo hasta que nace otra peor encima.

Me soltaste en la parada de metro con un “No te torturo invitándote a desayunar, chica del otro lado de la cama. Ve a por todas sin miedo, pero por favor, cuídate mucho y no dejes que Madrid te pueda”. Con eso y un par de frases más que nunca entendí (la astrofísica no es mi fuerte), me plantaste tus demonios en las manos y te diste media vuelta mientras yo me metía en aquella desconocida boca de Tribunal.

Nunca imaginé que me estabas pasando un relevo. Que aquellos versos, por aquel entonces inconexos para mí, sobre sexo, drogas, insomnios y rock&roll, que mezclaban las sombras de tus más oscuros pensamientos con las luces del metro de Tribunal, acabarían hablando de mí.

Quién me iba a decir que terminaría sintiéndome completamente identificada con cada palabra, con cada tiniebla, con cada bocanada de aire o con la ponzoña que salía de tu poesía. Que tus  demonios serían también mis demonios algún día.

 

Por cierto, ayer le regalé tu libro a la chica del otro lado de la cama.

Soy libre.

Desfibrila un poco esta apatía,

dame vueltas y voltios y más voltios,

que estoy cansado de estar cansado y taciturno,

y necesitas casi tanto como yo

liberarte de los demonios que te habitan.

Sergio C. Fanjul

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